Tuesday, January 8, 2008

Una historia de amor y matemáticas

[Una historia de amor y matemáticas, A Story of Love and Mathematics, recounts the bittersweet quest a mathematician with the American government undertakes for the source of his mysterious scientific aptitude. He came from a humble background in Colombia where a high school teacher discovered his talent and procured a scholarship to an American college. The genealogical inquiry unveils a passionate affair his grandmother had with a Polish physicist, an immigrant to Colombia. Less known vocabulary and cultural references footnoted to avoid constantly going back to the dictionary.]

Hay experiencias que no dejan mas alternativa que decir, caramba, si parece de novela. Comienza la historia en Barranquilla de los años treinta con un barco cafetero que regresaba de Europa cargado de radios Philips, paños ingleses y los emigrantes que nunca dejaron de soñar en América. El progreso de la ciudad caribeña era un imán para propios y extraños. Era la puerta a la modernidad. Por ejemplo, con el concurso [1] de los alemanes, se estrenó [2] allí la aviación comercial colombiana.

A bordo venían tres hermanos polacos de origen judío. Barranquilla se les reveló inmediata y desenfrenada [3], multirracial y asfixiante. El mayor de los hermanos que también era el más ingenuo [4], Jacobo Bielski, aspiró profundo y sintió aquel aire tropical entrarle hasta los huesos como un presentimiento. Pero no tuvo tiempo de elaborar en el asunto pues al cruzar la calle el ritmo candente de un danzón lo aturdió [5]. Se paró en la puerta del salón con la maleta de palo[6] en la mano derecha y la sonrisa nerviosa de hombres con muchos días de mar. Una mujer vestida de escarlata y un lunar pintado en la mejilla [7] le voló un beso. Jacobo soltó la maleta.

La cibernética
La historia tiene un segundo comienzo. El protagonista es un matemático con el gobierno de los Estados Unidos de origen colombiano, Edgardo Matamoros Miranda. Matamoros estaba determinado a resolver el rompecabezas de su ascendencia. Se trazó una [8] estrategia para indagar la genealogía del tronco paterno de su madre. La táctica de rigor fue la Internet. Se puso en contacto con el Centro de Genealogía de los Mormones de Utah, considerado el más completo en su género. Cabe recordar que hace ya mucho la genealogía salió de los rancios altillos [9] de la aristocracia y se ha convertido en un complemento importante de la medicina como demuestra el reciente descubrimiento del gene de la depresión realizado por Myriad Genetics en base a los archivos mormones.

El objetivo del matemático Matamoros era diferente. No buscaba indicios de enfermedades hereditarias sino el origen de su aptitud para las matemáticas. “La cuestión es simple”, me dijo con su franqueza costeña. “Yo vengo de una familia sin mayor educación y siempre fue un misterio mí inclinación científica. Mi abuela fue una mujer humilde que emigró del campo a Barranquilla”.

Un gringo que le enseñaba inglés en el bachillerato reconoció el talento de Matamoros y lo puso en contacto con el Departamento de Matemáticas de la Universidad de Florida. No solo obtuvo una beca sino las visas para llevarse a la mamá y a la abuela. Se graduó con honores y pasó a la ciudad de Washington donde se doctoró en la Universidad Católica. “Lo demás es historia”, resume el matemático especializado modelos de medición de terrenos para simulacros de guerra.

El punto de partida [10] para la investigación genealógica de Matamoros fueron las confidencias que la abuela le hizo a su madre. El día que la abuela entendió que su hija había alcanzado el uso de razón, la sentó frente a ella y le dijo que su padre había sido un polaco colorado [11] de apellido Bielski. Le dijo además que la niña tenía los ojos tan llenos de luz porque cuando la concibió no le cupo en el cuerpo más amor [12].
“Entonces,” preguntó la niña, “¿dónde está mi papá?”
“Ah”, dijo la abuela, “eso ya es otro cuento”.

El polaco se había ido a Costa Rica. El único recuerdo de él era un librito con una inscripción en la pasta marrón que nunca se atrevió [13] a pronunciar: Wroclaw.

Una luz al final del túnel
La primera noticia del Centro de Genealogía de los Mormones confirmó la historia de la Abuela. Pero la mayoría de los Bielski de Wroclaw, al sudoeste de Polonia, había desaparecido después de la Segunda Guerra Mundial.

Matamoros puso el siguiente anuncio en cuanto portal encontró dedicado a genealogía: Buscó información sobre tres hermanos de apellido Bielski que viajaron a la costa atlántica de Colombia en los años treinta y subsecuentemente pasaron a Costa Rica.

La historia
A doscientos kilómetros de Barranquilla se despertó un día María Ignacia Sánchez con una determinación inusitada [14].
“Ay, mujer”, le dijo su madre, “usted se ha levantado con mirada de loca”.
No estaba loca. El virus del siglo veinte que había llegado al pueblo con treinta y dos años de retrazo le picó, y por más aguas de hierba buena que le dieran la determinación de irse muy lejos le brillaba en los ojos con luz de calentura.

Las ciudades de América Latina sufrieron verdaderas invasiones en las primeras décadas del Siglo Veinte. Quito se cuadriplicó. La ciudad de México dio pasos decisivos para convertirse en una de las más populosas del mundo. Buenos Aires asimiló más de un millón de gente, entre la cual llegó a buscar fortuna Eva Duarte (Evita) de diecinueve años de edad. A Barranquilla llegaban por tren y vapor los compatriotas del interior.

Sin más recurso [15] que la juventud, según cuenta la abuela de Matamoros, las chicas recién llegadas se aferraban a lo primero que salía. Se hacían vendedoras ambulantes, cortadoras de pelo, costureras, camareras de salón, sirvientas o prostitutas.
“¿A qué se dedicó tu abuela al llegar a Barranquilla?”
“Bueno”, repuso Matamoros, “fue doméstica en la casa de un doctor. Los fines de semana trabajaba en un salón.”

¿Se hizo el muerto? [16]
Mientras más gente llegaba a Barranquilla, menos las oportunidades, pensaron los hermanos Bielski la noche del 23 de mayo de 1933. Se reunieron en el cuarto grande que alquilaban cerca de la estación ferroviaria. El sarpullido que les carcomía las inglés [17], los mosquitos y la disentería terminaron por nublar la objetividad de la formación científica. Después de cinco meses de estadía infructuosa en Barranquilla era hora de buscarse el porvenir [18] en otro lado. No fue una decisión unánime. Jacobo se opuso, especialmente a la inminencia del viaje.
“Si quieres quedarte”, le dijeron sus hermanos, “allá tú”.

Jacobo se había enamorado de Maria Ignacia Sánchez, de su piel trigueña, de los ojos oscuros, del pelo ondulado que le llegaba a la cintura, de su figura opulenta y, sobre todo, de aquel reírse a carcajadas, tapándose la cara con ambas manos. Se quedó silbando su danzón del alma:

Yo voy a la eternidad porque quiero
A mi mulata, porque su pasión me mata,
Caramba, porque eso es de realidad
[19].

El amor de María Ignacia le mató el sarpullido, al carraspeo de solterón [20] y, más importante, le mató la soledad insoportable de las noches del trópico.

Que yo me voy contigo, prieta santa,
Si tu me llevas para la eternidad.

Al cuarto austero llegaba Maria Ignacia a plancharle las camisas de algodón, le preparaba sancocho en reverbero [21], le enseñaba a pronunciar la ere y la o. Jacobo, a la vez, le contaba historias de tierras aun más lejanas que las de sus primeras calenturas. Le hablaba de ecuaciones, de la relatividad, todas esas cosas raras que ella descartaba como locuras de polaco. Y el polaco para no defraudarla le hacia toda clase de trucos. Manchaba [22] el pañuelo con un químico y lo pasaba por otro para hacer desaparecer la mancha por arte de magia.
“Cuéntame mas”, le pedía ella.
Le hablaba de castillos de Europa y de caballos, pronunciando castillas y caballas.
“No es castilla, bobo, sino castillo” [23], lo corregía ella, haciendo un círculo con los labios.
Jacobo entonces sin mas resistencia la comía a besos. Y así, entre trucos y besos, iban cayendo las noches hasta la noche del dieciocho de junio cuando se produjo el mayor truco en la historia de María Ignacia Sánchez. Quedó embarazada. Ella lo supo con tal exactitud que nunca lo puso en tela de duda.
“Y eso”, le pregunté a Matamoros.
Según le contó a su madre la abuela, la noche del embarazo, dormía profundamente y en sus sueños vio que una niña se le había metido al corazón. Se despertó y encontró al polaco silbando en la ventana. Le contó su sueño tal como lo acababa de vivir. Le dijo que vio sus venas abiertas y que una canoa diminuta le iba navegando con una niña y que desapareció al caer en las cataratas del corazón. El polaco le cubrió con la sabana de bramante y le dio palmaditas en la frente [24] hasta dormirla de nuevo. Entonces volvió a la ventana y se clavó en ella mirando la infinita oscuridad del porvenir a lo lejos.

Yo voy a la eternidad porque quiero a mi mulata... [25]

Se fue a Costa Rica mucho antes que naciera la niña, prometiendo regresar.

Nació la niña pero Jacobo no regresaba ni regresó jamás. Lo que sí llego fue noticias de su muerte prematura que la abuela, naturalmente, no tomó del todo en serio. Cuantos hombres no abandonaban esposa e hijos y, haciéndose pasar por muertos, se desligaban de toda responsabilidad. Pero con una niña a cuestas [26], cuando la oportunidad tocó su puerta, ella se apresuró a contestarla. Se casó con Eleodoro Miranda, un hombre trabajador con quien envejecería. De todas maneras, la niña, que llevaba el apellido del padrastro, nunca dejó de acompañar a su madre al puerto cada vez que se anunciaba la llegada de un barco procedente de América Central. La niña se llamó María Bárbara.
“María Bárbara Miranda Sánchez es mi madre” recalca el matemático Matamoros.

El agridulce final
Matamoros buscó todos los días la respuesta en la computadora que le conectara con el lado mítico de su ser. ¿Murió el abuelo? ¿Amó su abuela a Jacobo Bielski? ¿Existió Jacobo Bielski?

El tres de octubre del 2002 llegó un mensaje. Había un tal Isaac Bielski estudiando matemáticas en el Instituto de Tecnología de Massachussets. Este Bielski tenía una Página en el Internet donde Matamoros no solo pudo ver su fotografía sino también se enteró que había nacido en Costa Rica.

Matamoros le envió un mensaje electrónico inmediato:
“Sé de tres hermanos Bielski que pasaron de Barranquilla a Costa Rica. ¿Tienes algún parentesco con ellos?”
La respuesta no se hizo esperar [27]:
“Mi abuelo y sus dos hermanos llegaron a Colombia en los años treinta y de allí pasaron a Costa Rica”.
“¿A qué se dedicaron [28]?”
“Los tres eran físicos matemáticos”.
Matamoros entonces le preguntó si uno de los hermanos se llamó Jacobo.
“Jacobo fue el mayor”.
“¿Hay descendencia de él en Costa Rica?”
“No”, repuso Isaac Bielski. “Jacobo murió poco después de llegar a Costa Rica”.

Lo interesante del asunto es que a Matamoros, ciertas noches, me dijo, le entra una irrefrenable [29] urgencia de asomarse [30] a la ventana y ponerse a silbar música tropical.

Diccionario
[1] With the help.
[2] Was inaugurated.
[3] Unstoppable. Without breaks, hectic.
[4] Naïve. Not to be confused with ingenioso = ingenious.
[5] Confused him.
[6] Wooden suitcase.
[7] Beauty mark painted in her cheek.
[8] Set out for himself.
[9] Left the stale attics.
[10] Starting point.
[11] A Polish man, a foreigner, white, reddish.
[12] Her body couldn’t hold so much love.
[13] She never dared to . . .
[14] Unexpected.
[15] Without resources.
[16] Was he playing dead, pretending to be dead?
[17] He had rashes all over the groin.
[18] The time had come to look for new horizons; time to earn a living elsewhere.
[19]The song was made popular by the Cuban Trío Matamoros in the 20’s.
[20] A single man’s chronic coughing.
[21] Fixed him stew made of green banana, yucca and meats on a gasoline oven.
[22] Stained.
[23] A play on the English pronunciation of ‘a’ as ‘o’ and vice versa. Bobo is silly, dummy.
[24] Patted her on the head softly.
[25] I’m going to heaven because I love my woman (dark skin, mulatto); because of her love I will be immortal.
[26] With the burden of a child, with the responsibility.
[27] The answer came immediately.
[28] What did they do?
[29] An unstoppable impulse overtook him.
[30] Come out to.

Tuesday, October 30, 2007

The Day You Were Born


Raul Guerrero Jr., center, standing.


22 years ago, it was cold in Washington, you were born, and I couldn’t find words to define my feelings. That’s right. A man of words and words and words could not find one to define what he felt after his son emerged to his world and the nurse handed him You, still attached to the umbilical cord, and asked, giving him a pair of scissors, to cut it.

I left the hospital and bought a battle of fine wine, grabbed a dictionary from home and sat on a bench at Dupont Circle. Not able to find the word to define my feelings I went back to the apartment and wrote an article for the newspaper El Pregonero, the leading Spanish-language newspaper in Washington, entitled: My Son Was Born Today, Mr. President, Please, Stop Fucking-up the World.

In those days we had no computers, well, some people did, I didn’t. I didn’t even have an electric typewriter, I had an old machine I bought at a thrift shop. So I had to deliver the article in person or by mail. Mail was out-of-the question. It was a weekly newspaper, if the article was to appear the day after you were born, I had less than an hour before it went to the presses. I called the Editor.

-Please, I pleaded, could you wait just a few minutes. I have already finished writing it.
-How long?
-I don’t know, I said. I had just realized that I had no money left, not even to take the metro. I was a graduate student on a very tight budget who had spent his weekly allowance in a battle of fine wine. How could I have bought cheap wine-my son had just been born?
-How long?
The newspaper was ten miles away from the little apartment in Dupont Circle.
-Two hours, I said, calculating it would take me two-hours to walk at a high speed.
-Are you crazy? I give you forty-five minutes.

I took the article and ran. I ran five miles, walked three miles, and ran the other two miles. I arrived soaking-wet. The Editor opened the door. It was a small office. He only had three journalists working with him and a couple secretaries. They had all gone already.

-You are sweating.
-I ran ten miles.
He was a logical man. He took out a map from his desk and made all these measurements. He said it was not ten miles. But seven miles and half was a respectable distance, anyway.
-Let’s see what you have. It better be good.
I handed him my article.
-Jesus Christ, he exclaimed, turning red. This is a Catholic newspaper, man, what kind of lead is this: Can you stop fucking up the world?

But he started laughing. It was a crazy article, full of poetry and fear, full of joy and anxiety. I don’t remember what I wrote, I vaguely remember asking rhetorically if you would grow up to be a son of a bitch or the President of Ecuador. Whether you would inherit Abuelito’s big nose or my passion for words. Or maybe, not taking after anyone known, you would become a unique specimen, a kind of intellectual and biological marble...

He gave me a ride back to the hospital and advanced me the fifty dollars he paid me for the articles. He gave me an extra twenty-five form his own pocket.
-You don’t need to do that, I said, handing him back the two bills, a twenty and a five.
-No, he insisted, take it. You made me cry. I haven’t cried in a long time.

The article was published on the front page. That happened twenty-two year ago. Happy birthday, my son (here are the twenty-five he gave me –go and buy a battle of wine.)

Friday, October 26, 2007

Flor tropical en el invierno o una visita a la ciudad de Hartford


Visité la ciudad de Hartford un miércoles helado de enero. Llegué a las once y cuarenta y cinco para una cita al mediodía con dos datos: la avenida se llamaba Capitol y el lugar la Paloma Sabanera. Aunque soy despistado me acato a la puntualidad, lo cual me obligó a preguntar la mejor manera de llegar.
--The pailoma what?
Era una pérdida de tiempo, siendo que iba apurado.
--¿Capitol Avenue?
Estaba a tres minutos, respondieron los tres caballeros que llevaban el oficio de contadores escrito en la corbata.

La historia
Los puritanos ingleses convencieron a los indios que les vendieran el territorio que habitaban. El concepto de propiedad de las tierras les era extraño a los indios. La tierra, como el aire y el agua, no tenía dueño. Y vendieron su territorio pensando que los europeos seguirían el camino en cuanto se agotaran los recursos. Los que se resistieron a vender sus tierras también las perdieron en el campo de batalla.

En 1630 se fundó la ciudad de Harford. Establecida la supremacía inglesa, y contrario al mestizaje que se manifestaba en las colonias españolas al sur del continente, los indígenas fueron marginados hasta la extinción. De la época colonial queda en impecable condición, según la guía turística, la casa que construyó el religioso George Graves en 1634. ¿Y de los indios que queda? El nombre del estado que deriva de Quinnehtukqut, del idioma de los mohicanos, “Lugar del río largo o La orilla del largo y portentoso río”.

La economía de Hartford giró en torno a la agricultura y la industria, sobresaliendo el cultivo del tabaco y la manufactura de productos de bronce. La demanda de mano de obra fue un imán para propios y extraños. Iban llegando a través de los años oleadas de inmigrantes europeos, esclavos liberados del Sur del país, y cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y los obreros se vieron obligados a vestir uniforme militar, la fuerza laboral la suplieron los puertorriqueños.

Ganaban 50 centavos la hora. Se trabajaba en las plantaciones de tabaco sin una alimentación apropiada, sin cuidado médico, “con un tipo con revolver en mano”, recuerda Florencio Morales. En los cuartos de alquiler no había estufas, por lo que iban al restaurante. “Durante aquel tiempo, íbamos a los restaurantes con una capacidad limitada de pedir diferentes comidas. Desayunábamos jamón y huevos por la mañana, jamón y huevos al mediodía, y por la tarde, jamón y huevos. Entonces aprendimos a decir "pollo" o algo [diferente en inglés] y variábamos un poco hasta que aprendí el menú bastante bien”, dice Juan Román. Ambos testimonios constan en el documental Nuestras Historias.

Fueron días difíciles. Aquellos pioneros tuvieron que sobreponerse a las inclemencias del clima, la discriminación, la barrera del idioma, y de a poco establecieron lo que sería el asentamiento más importante de latinos en Nueva Inglaterra. Allí está el inicio de los muchos profesionales latinos que hoy en día forman parte de la pujante economía de la capital mundial de los seguros.

Entonces apareció ella
George Washington calificó a Connecticut de “el estado del abastecimiento” por las municiones y víveres que suplió durante las guerras de la independencia. En la historia iba pensando, manejando al ritmo del piano lírico de la radio local de jazz. Pero la historia se detuvo en seco ante un espectáculo inusitado. Apareció en la esquina y comenzó a cruzar la calle, rascándose un seno impúdica al andar, una flor desquiciada del mar Caribe por lo menos 320 grados latitud norte. Otro hábito que tengo es medir las distancias culturales en grados de longitud y latitud. Otro es poner de lado lo que sea por ver a una mujer pasar. Mucho tiempo atrás un profesor trató de disuadirme de la disposición a lo impráctico con el argumento del pragmatismo. Hace poco le escuché repetir una idiotez análoga a una agente literaria de Manhatan que se vanagloriaba de haber colocado un libro intitulado ‘Pensar como latinos pero actuar como anglos’. He ahí un ejemplo que vale tres disertaciones sobre las lacras del colonialismo cultural.

Sin reparar en las urgencias de una fila de chóferes detrás, contemplé a esa mujer embelesado, saboreando despacito cada movimiento como lo añejo de un ron. Coñó, me habría soltado un coño el chofer de atrás si hubiera nacido en un bario del Caribe, y añadido: ¿Es que jamás viste a una mujer rascarse un seno? Como esa no, mi hermano.

Un ave en peligro de extinción
Y allí estaba en una esquina la paloma sabanera pintada en el rótulo sobre la puerta y un ventanal que, como diría García Márquez, sabía a café. La paloma, me enteré, endémica de Puerto Rico, estaba en peligro de extinción, amenazada por la deforestación.

Cuatro personas almorzaban: un grupo de tres y un hombre solo en la ventaba. Otros cuantos tomaban café. El dueño, Luis Coto, me invitó a pasar. No conocía en persona al director de la red de profesionales latinos (HPN por las siglas en inglés), pregunté por él.
--Aun no llega –contestó Luis--, ¿te sirvo café?
Me senté y hablé con el hombre de la ventana sobre las virtudes y defectos de Caracas, la Habana y Buenos Aires.
--Lo que a la Argentina le salva es el Che –dijo, contándome que viajaba con frecuencia a Cuba.
--No se puede uno olvidar de Cortázar –le recordé, recordando aquellas bellas líneas de Rayuela.

Sobre la salud
Como sucede siempre con los caribeños, después de un par de minutos, conversábamos como si nos hubiéramos conocido de siempre. Gil Martínez es el Director HPN, un enlace que trata de agrupar a los latinos del estado, darle cabida a l concepto de comunidad. Entonces se nos unió José Medina, un publicista también boricua. En el fondo un saxofón acompañado de congas y contrabajo irrumpía descarrilándole a la gente de las conversaciones más serias, induciéndoles a la palabra esa tan linda del ensueño.

Hablamos de salud. La razón de mi visita era organizar una presentación sobre la salud del corazón. El estado de la salud de los latinos es precaria. Los factores de riesgo para las enfermedades cardiacas han alcanzado proporciones epidémicas. La esperanza de vida de la población general de Connecticut es 80 años. No obstante un hombre latino apenas puede esperar llegar a los 59. La disparidad es escandalosa. Hablamos de estrategias para educar a la comunidad.

Se había llenado el café. Los asiduos se conocían todos, hombres y mujeres, se saludaban con un beso, un abrazo. Para salvar ciertas especies a veces hay que hacerlas poesía, una pintura o, en el caso de la familia Coto, para resguardar la paloma sabanera la hicieron una librería café, la esquina del movimiento, el apretón de manos de una comunidad.

Nos despedimos a las tres
Había comenzado a nevar. Los dos nuevos amigos me indicaron con precisión matemática la ruta a seguir para regresar. Así lo hacia. Entonces reconocí la calle por donde cruzaste tú. Tú, con esa descarga de congas en el caminao, con tu rascar impúdico, con tus caderas de playa, y doblé por donde te fuiste tú, y volví a doblar como reconociendo el rastro de tu aroma, arroz con coco, cilantro y canela, y doble tres veces más, cuatro, y al final, claro, me encontré completamente perdido.

Wednesday, September 26, 2007

Poesía que quiero

Si los latinos tenemos algo que celebrar es el idioma. El español es el idioma de la creación literaria más importante del mundo. Es el idioma de Pablo Neruda, Borges, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Julio Cortazar y del colombiano universal Gabriel García Márquez, de quien se ha referido el ex presidente Bill Clinton como el mejor escritor del mundo.

He recopilado una serie de poemas románticos y dos pasajes de novela con los que amé y sufrí el amor. Sin más preámbulos, aquí se los presento:

Del poeta chileno Don Pablo Neruda

Poema 15
Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.

Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Video de Pablo Neruda en Isla Negra: youtube.com/watch?v=Dz6YQMEOIug


La poetiza argentina Alfonsina Storni, no solo fue extraordinaria por su creatividad literaria sino por su lucha por los derechos de la mujer.

Hombre Pequeñito
Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
suelta a tu canario que quiere volar.
Yo soy tu canario, hombre pequeñito,
déjame saltar.

Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes
ni me entenderás.

Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
ábreme la jaula, que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más.


Del periodista, precursor de la independencia cubana y poeta, José Martí:

Poemas Sencillos
Cultivo una rosa blanca,
en julio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel, que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo:
cultivo la rosa blanca.

La niña de Guatemala
Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.
Eran de lirios los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.
...Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
El volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.
Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.
...Ella, por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
El volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.
Como de bronce candente
Al beso de despedida
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en mi vida!
...Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.
Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.
Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!


Más conocido por sus cuentos y ensayos, Jorge Luis Borges, uno de los máximos exponentes de la literatura universal, también fue un poeta excelente.

Anticipación amorosa
Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta
ni la costumbre de tu cuerpo, aun misterioso y tácita y de niña,
ni la sucesión de tu vida asumiendo palabras o silencios
serán favor tan misterioso como mirar tu sueño implicado en la vigilia de mis brazos.

Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño,
quieta y resplandeciente como una dicha que la memoria elige,
me darás esa orilla de tu vida que tu misma no tienes.

Arrojado a quietud, divisare esa playa ultima de tu ser y te veré por vez primera,
quizás, como Dios a de verte, desbaratada la ficción del tiempo, sin el amor, sin mí.


De la poetiza chilena Gabriela Mistral, ganadora del premio Nóbel de literatura:

Besos
Hay besos que pronuncian por si solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.

Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan solo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.

Hay besos que calcinan y que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos misteriosos que han dejado
mil sueños errantes y perdidos.

Hay besos problemáticos que encierran
una clave que nadie a descifrado,
hay besos que engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.

Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.

Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.

Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía.

Desde entonces en los besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.

Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.

Te acuerdas del primero...? Indefinible;
cubrio tu faz de cardenos sonrojos
y en los espasmos de emocion terrible,
llenaronse de lagrimas tus ojos.

Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios.
Te suspendí en mis brazos... vibro un beso,
y que viste después...? Sangre en mis labios.

Yo te enseñé a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.


De la novela Rayuela del Julio Cortázar

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mípara dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprendercoincide exactamente con tu bocaque sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan,se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios,apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado vay viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelomientras nos besamos como si tuviéramosla boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un brevey terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar a contra mí como una luna en el agua.

Video de Julio Cortzar: youtube.com/watch?v=UvQOzyVW5JQ


Fragmento de Cien años de soeldad, de Gabriel García Márquez.

Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.

-¿Te sientes mal? -le preguntó.

Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.

-Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.

Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerones y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse.

Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.

Thursday, July 19, 2007

Viajes: Una chica una noche hace mucho

Fred y yo somos viejos amigos. Aunque no estamos viejos vemos la juventud desde la ventana que los diccionarios llaman hijos (hombres y mujeres de la misma edad que teníamos al descubrir el misterioso objeto de la amistad profunda.) ¿Qué es eso de amistad profunda? El hallazgo conjunto del mundo antes de las limitaciones. No nos veíamos hacía mucho. Fred había venido a Nueva York a la graduación de su hija.

Fred comenzó a desempolvar una anécdota con la pregunta típica: ¿Te acuerdas de la muchacha que encontramos en El Salvador o era Honduras?

Cruzábamos América Central en ruta a Ecuador acabados de graduar de universidades neoyorquinas. Los guerrilleros y los militares se mataban a tiros en América Central. El eco de la balacera entraba por las ventanillas del escarabajo, así se llamaba el Volswagen, y se mezclaba con la Lluvia azul de Gato Barbieri.

Paramos a tomar unas cervezas con jornaleros de un pueblo bananero. Bebíamos en mesones al aire libre, de cara a la carretera Panamericana. Según indicó un jornalero camino abajo la carretera cambiaba el nombre a Paso Triste porque la neblina caía repentina y no pocos viajeros encontraron la muerte. No estaba la noche para continuar el viaje. Levanté los ojos. Las arañas tamaño mano de niño reinaban sobre la entomología nocturna encasquillada en torno a un foco de luz desnudo y hacían una pantalla viva.

La chica salió de un cuento de hadas. Preguntó Fred: ¿Te acuerdas de donde salió? No recordaba. Si recuerdo haberla invitado a seguir la noche con nosotros y la linterna con que la auscultaba en el asiento trasero del escarabajo, el coche del pueblo, traduje Volswagen del alemán para impresionarle. Tenía senos aun de niña y color miel.

Fred manejaba. Preguntó con los ojos en la carretera: ¿Qué ves?

Color miel, reporté como corresponsal de guerra. Un lunar debajo del pezón derecho.

Pregúntale, ordenó con urgencia de comandante (había sido cadete), si se puede tocar. Tocarle con suma delicadeza, aclaró.

Me dejas que te toque, obedecí, tocándola con suma delicadeza.

Fred frenó a raya. Era hora de invertir papeles, pues la niña se dejaba mirar y tocar con una generosidad casi patriótica, como diciendo miren lo que mi país ha producido para ustedes jóvenes aventureros. Pero cuando abrió la puerta para el cambio se encontró que una turba nos seguía a gritos. Me volteé a ver. Eran los jornaleros del banano con los machetes del trabajo que nos perseguían borrachos y también henchidos de patriotismo. No solo se llevan el banano, ahora vienen a llevarse la hembrita más linda del pueblo, ¡extranjeros cabrones! Es lo que me pareció escuchar, aunque a 27 años de distancia bien podría equivocarme.

Fred volvió al timón. Mejor sigo manejando yo, dijo, que de estas cosas entiendo, y tu te pones nervioso.

En efecto, me puse nervioso. Me puse muy nervioso. Yo nunca he sido cadete. Fred le metió suela a la gasolina y a toda maquina desparecimos carretera abajo o arriba, no sabría decirlo, pues la neblina nos atrapó repentina. Quedamos presos en una cápsula platinada. Los faroles delanteros solo intensificaban el aislamiento. Lo único que nos recordaba estar en Centro América era la carretera solidarizada con los jornaleros que nos metía piedras y sapos en la escapada.

Habrá que proceder con la mayor concentración, pronunció Fred. Y la chica, que quede claro que la perdición de los hombres son las malditas mujeres, se reía y nos tentaba con el cuento de la primera vez que vio la culebra, que así apodaba al pene. Fue la culebra del jefe, dijo. Acababa de cumplir los quince años y el jefe que se baja los pantalones y le llama a que viniera a ver la culebra. Había trabajado cuidándole los hijos a un dueño de plantaciones. Viejo manilarga, dijo. Y aclaró que tampoco era que cualquier culebra le gustara.

La neblina ciega pero no afecta los otros sentidos. Los gritos de los jornaleros parecían cada vez más cerca. No obstante, en ningún instante, se nos ocurrió soltar la chica y que allí terminaba la amenaza. Y no se interprete como derroche de coraje. Hacía más de quince días que no tocábamos mujer. Eso y el trópico es un fuego que abrasa los huevos. Encendidos los huevos se adjudicaron el gobierno del cuerpo.

No se pongan nerviosos, dijo Fred.

Yo encendí de nuevo la linterna.

¿Qué vez?

Nada, mentí para que no fuera a perder Fred la concentración. Pero me iba compenetrando en la intimidad calida de la chica, un parque de diversiones abierto en el filo mismo del peligro de muerte inminente.

Me gusta, dijo la chica.

Fred alcanzó a oír y le obsequió solícito un: ¿Que te gusta, mi reina?

Le gustaba que se jugaran la vida dos extranjeros por ella. En retrospectiva, Fred y yo acordamos que jugarnos la vida no debió parecerle gran cosa a la chica. A dos millas se jugaba la vida medio país por ideales o el salario. Pero ese instante la revolución era ella. Así seguramente le habré dicho: Eres la revolución y la libertad y el lucero más brillante del Trópico de Cáncer. Después de todo el ministro de cultura de la vecina Nicaragua, el Jesuita Ernesto Cardenal, escribió algo así: Me enteré esta tarde que habías dado tu amor a otro hombre y me encerré en mi cuarto a escribir estos poemas contra el gobierno por los que estoy preso.

Eres una luciérnaga, mujer, pienso que le dije. La chica bostezó. Ahora entendiendo que ciertas mujeres se inclinan más a la acción que a las palabras. Me muero de hambre, dijo.

¿Te acuerdas, Fred? De eso Fred no se acordaba. Pero si se acordó que paramos en un hotelucho algunas millas a salvo de los machetes, y qué machete le dimos a la chica.

Y ella encantada, añadí casi preguntando.

Claro, dijo Fred, tornándose filosófico, porque también a las chicas les encanta tirar con ganas.

Mientras Fred y la chica a puerta cerrada daban rienda suelta a las ganas yo fumaba en la terraza. Del radio transistor de la oficina del hotel salía un saxo, congas, guitarras, un sexteto que propulsaba la inconfundible voz romántica y juguetona de Daniel Santos a través de la neblina: Qué raro, ayer te vi pasar, y al quererte llamar, la verdad, es para que te asombres, después que tanto yo te amé, se me olvidó tu nombre...

Fred miró la hora. Habíamos caído en un paréntesis de silencio, o para ponerlo de manera dramática: a machete nos abríamos paso por la selva del olvido. Era un martes de garúa. La hija de Fred se graduaba el jueves. Ya éramos un par de señorones de chaqueta azul y entradas profundas en las sienes. Habrían pensado al vernos por el ventanal del bar la docena de espectadores que salía del cine que hablábamos de pólizas de seguros, rendimiento en inversiones, barbacoas, del colonoscopio anual, pero nadie nos miró siquiera.


Fotos:
Angela Jimenez

Adventure Divas, 2003.
Sullivan C. Richard

Un viaje realizado por la Panamericana, 1940.

Friday, June 29, 2007

Historia: Un Español en la Revolución Americana

Crónica de la Independencia


[Adaptado de la novela El Genio Oscuro de Raúl Guerrero. La Declaración del 4 de Julio de 1776 desató la guerra. Por 10 años se libraron cruentas batallas a lo largo y ancho del país. Poco se sabe sobre la influencia de España, pero fue fundamental. Lo siguiente es la participación de un genio español en el ejército de Washington, o la historia detrás de la historia]

Nueva York
El ejército británico había ocupado la ciudad. Había ocupado los puertos y las ciudades principales esperando que el bloqueo desanimara a los insurrectos. Pero las milicias, el patriotismo encendido, desbordaban coraje.

Así se expresaban:
No sólo no nos beneficia nuestra vinculación con la madre patria, sino que nos perjudica. Se nos requiere nada más que para contribuir, con nuestra sangre o nuestros impuestos, a la grandeza de unos lejanos ingleses que ni siquiera nos permiten tener representantes en las Cámaras que deciden quiénes, cuánto y para qué hay que pagar tributos. Cambiemos nuestra fidelidad a Gran Bretaña por la devoción a América.

Soberbio desafió el General Washington la ocupación de la ciudad de Nueva York: La posesión de las ciudades, mientras nosotros tenemos un ejército en el campo, no les sirve de mucho. Es a nuestro ejército, no a ciudades indefensas a quienes tienen que dominar.

23 mil hombres al mando del general Howe atracaron en Nueva York. Era el ejemplo del poderío colosal de la Armada Real que bastaría para sofocar la revuelta. Una a una le haría tragar las palabras al general Washington, colono ingrato, dijo el general Howe.

La presencia de 23 mil hombres era, realmente, un coloso descorazonador. La magnitud del enemigo provocó que desertaran algunos y otros se enlistaran. Alentaba el general Washington: mientras más fiero el enemigo, mayor la gloria. No estaban en condiciones de confrontarlos hombre a hombre, pero la obstinación valía veinte columnas de caballería y otras veinte el enjambre de espías (desalentador esto último pues muchos espías patriotas dejaron los ingleses ahorcados a la vera de los caminos de escarmiento o fusilados contra las iglesias.)

Las milicias insurrectas provocaban escaramuzas en la ciudad que las tropas británicas aplacaban violenta y rápidamente, pero al internarse en los bosques en persecución caían víctimas de las guerrillas. Era una estrategia insostenible. A medida que los británicos se familiarizaban con el terreno, las bajas de los patriotas se multiplicaban, se desplomaba la moral, esgrimían los opositores a la guerra el punto del general Howe que las guerras no se ganaban con coraje sino con oro. El telón está pronto a caer sobre esta disparatada insurrección, dijo el General Howe a sus oficiales, con un puntero señalando el área de la ribera de Nueva jersey donde se acertaría el golpe de gracia, la masacre que pondría punto final al sueño de la independencia.

Sebastián Montero lo felicitó.

La retirada despavorida
En efecto, el general Howe logró replegar al general Washington a Nueva Jersey con apenas tres mil milicianos que sobrevivieron con la única ilusión de desertar en cuanto cruzaran el río.

La masacre estaba en manos del temible coronel Wellington. Doce piquetes de caballería ya estaban embarcados y listos a zarpar. Un informe de Sebastián Montero se interpuso. Los insurrectos habían armado una telaraña de emboscadas en Nueva Jersey. El general Howe contuvo la persecución. Su responsabilidad primordial era salvaguardar la tropa.

Sebastián Montero se infiltró al comando británico, apelando a la ilustración del general Howe, viejo amigo de viejos amigos suyos. El general Howe era un admirador de la obra de Sebastián Montero y lo convirtió de inmediato en su protegido. Lo puso a cargo de la decodificación de la inteligencia de los insurrectos, cada vez más internacionalizada. Circulaban órdenes y contraórdenes en francés, español, alemán, incluso en latín y griego antiguo.

Los comunicados interceptados por la contrainteligencia británica, difundida con el propósito de la intercepción, los redactó Sebastián Montero. Dejó en mano de sus agentes cientos de comunicados, ajustados a cualquier contingencia. A toda costa había que sembrar la ofuscación.

El general ilustrado
La actitud de los neoyorquinos era inadmisible, lamentaba el general Howe con un vaso de Wiskey escocés en la mano. Avizoró un recibimiento multitudinario cuando atracó la Armada en Nueva York. ¿No se había levantado en Massachussets un monumento en honor de su hermano mayor, héroe de la Guerra que protegió a las Colonias del expansionismo francés? Sebastián Montero lo escuchaba en silencio. Departían en la biblioteca de la mansión que un colono realista facilitó para la comandancia inglesa en Nueva Jersey. Como todas las noches la conversación desembocó en las nostalgias del General por Elizabeth, la joven neoyorquina de cachetes de rosa y duros senos que, diplomáticamente Sebastián (asi lo llamaba el general) vaticinó, le costaría los laureles al general, le robaría la gloria como en la antigüedad Cleopatra le robó a Marco Antonio. Sebastián le había entregado una nota de Elizabeth traducida del francés:

Poco a poco su lado de la cama se apoderó del mío, como un ejército enemigo. Las nieves asechan y me llaman y con ellas terminaré diluida, ni un rastro encontrará entre los adoquines de esta ciudad que ya no es mía. Insisto, general de mis amores, nada soy, y más nada quiero ser mientras más pasan los días.

Sebastián trazó un perfil de la bella Elizabeth, manipulando el vocabulario que el general recordaba de ella, la manera suya de pensar, para lanzar una acometida epistolar que le nubló la razón y, añorándola a morir, lo tenía contemplando una tregua invernal, el cese de hostilidades que tanto necesitaban los insurrectos. Sebastián se jugó la cabeza a una diferenciación. El general Howe era romántico pero no sentimental. Gozaba de la idea de ser amado y le bastaban las traducciones de Sebastián, orales o escritas. Un sentimentalista habría querido las pruebas tangibles, la nota original que aprisionar contra el pecho en la soledad del insomnio.

El soldado
El coronel Wellington, un militar de militares, temerario y no muy inteligente, renegó la oportunidad perdida. Agazapado esperó a Sebastián con tres oficiales jóvenes de confianza. El momento que Sebastián se metía en la cama, irrumpieron en la habitación. Lo llevaron a la cocina de la mansión para quemarle con un velón los testículos.

O confiesas o te los derretimos, dijo el coronel Wellington con la mirada a escasas pulgadas de los ojos de Sebastián.

Sebastián no tenía más alternativa que sostener su lealtad a Inglaterra. Debió escoger entre el dolor y la muerte. Asoció el dolor a una herida de su niñez que recubría de sal para experimentar los crecientes grados del dolor. El clavo ardiente de la llama atravesándole los testículos debía ser mil veces más intenso. Se recriminó el cálculo. No podía dejar de razonar, solo la razón lo salvaba. Calculó que una vez que las llamas consumieran el escroto el dolor doblegaría la capacidad de resistencia y perdería el conocimiento. Tenía límite el dolor. Pero cada instante que pasaba el dolor parecía exceder el límite, y no podía gritar de dolor. Si gritaba lo mataba, le amenazó el coronel Wellington. Tenía sentido, un grito habría alterado al general Howe, y matarlo era lo más sensato, asfixiarlo. Habría sido más fácil explicar el crimen consumado que el intento fallido. No podía gritar y el acto de no gritar le revistió de valentía. Constató la admiración ligera en la mirada de los oficiales y exageró las muecas de dolor, no mucho. La percepción de cobardía podía incitar al placer de torturar.

El olor a carne quemada llenaba la cocina. Sebastián anheló que un oficial encontrara la tortura indigna, contraria al honor de la Armada Real. El dolor le comenzaba a mermar la razón. Caso contrario no habría anhelado el honor del enemigo, para el cual los medios justificaban el fin. Sebastián no quería morir. Encontró una última esperanza en la tortura. Confió que el olor de su escroto quemado alertara a los perros de la mansión y los ladridos rompieran el sueño del general Howe.

Un oficial, en efecto, encontró indecorosa la tortura. Los oficiales de la Armada Real no eran inmundos inquisidores católicos, eran británicos evolucionados. Tal como lo previera Sebastián, sugirió un frondoso y dorado manzano que se erguía en el traspatio para ahorcarlo.

Otro oficial, el de menor rango, creyó en la inocencia de Sebastián.

El español es inocente, dijo.

Pero el coronel Wellington no se convenció. Ordenó que lo colgaran del manzano en el traspatio. Era la decisión honorable, dijo, e higiénica. Los ahorcados se defecan, orinan y eyaculan el rato de morir.

El oficial de menor rango se dejó guiar de la inocencia de Sebastián para despertar a los perros. Los ladridos despertaron al general Howe. Saltó de la litera, se asomó a la ventana, corrió al patio en el camisón de dormir y sin preámbulo alzó la pistola a la sien del coronel Wellington.

Usted conoce el precio del amotinamiento, dijo.

¿Prefiere el General al español traidor que a un oficial inglés?

La Armada Inglesa puede darse el lujo de perder un oficial, pero nunca el honor ni la disciplina, añadió el general y ordenó a los mismos oficiales de confianza del coronel a encerrarlo por cinco días en el calabozo que se había improvisado en un granero.

El general Howe acompañó a Sebastián al dormitorio, y se retiró a esperar la madrugada en la biblioteca. Estaba abatido por la presión creciente de Londres. Se trataba de la armada más poderosa del mundo, le hacían llegar latigazos escritos, ¿cómo la armada más poderosa del mundo no lograba aplacar la sublevación de cuatro milicianos?

Dentro de la guerra siempre hay otra guerra
Se libró una guerra personal entre el coronel Wellington y Sebastián. El colono Pitts, acérrimo realista, se encargó de la acometida. La prioridad, exaltó a los oficiales destacados en pos de Sebastián, era pescarlo con las manos en la masa. Si no crear la masa y ponerle las manos en ella.

La estrategia del coronel Wellington era diseminar comunicados falsos. El coronel Wellington estaba dispuesto a sacrificar una patrulla compuesta de colonos realistas en patrañas concebidas no-solo para exponer a Sebastián sino para invertir la timorata comandancia del general Howe y aceptar el reto del general Washington a la guerra abierta en los campos.

Según un comunicado falsificado que Pitts llevó al general Howe, los patriotas habían destacado un segundo flanco de milicianos bien armados para cerrarse sobre el ejército inglés como una tijera. El plan del coronel Wellington era asesinar a todos los miembros de la patrulla de pesquisa, decapitarlos y plantar las cabezas a la vera del camino clamando venganza. El general Howe, por el peso de los hechos, no habría tenido más remedio que pronunciarse por la guerra abierta.

El plan abortó en las manos de Sebastián. La información es falsa, afirmó. Una provocación de los insurrectos. Enviar una patrulla de pesquisa es condenarla a muerte.

El coronel Wellington tomó el nuevo desaire de manera torpe. Golpeó la pared del calabozo con la frente hasta que dos grietas se le abrieron y sangraba profusamente. No permitió que lo atendieran. Necesitaba la sangría de todas maneras. Necesitaba sacarse la mala leche antes de podrirse. Le quedaban dos días de prisión.

Crecían las hostilidades. Los hombres de Wellington insistieron en las viciadas confesiones de torturados, ahorcaban inocentes para inculcarle el castigo psicológico de la culpa. Nada hacía mella a Sebastián. Pero el fuego no podía continuar indefinido sin quemarle a uno de los dos.

La hora de la verdad se avizoraba en la batalla de Trenton. Los hombres del coronel se atrincheraron en torno a Sebastián de tal manera que no quedaba una hendija abierta para sacar o recibir un mensaje.

Sebastián dejó de trabajar a la hora del almuerzo, antes del cual se zambulló al riachuelo por cinco minutos, excentricidad del corcovado, su señoría, el conde español, se mofaban los esclavos de la mansión. Los hombres del coronel Wellington veían los baños en el riachuelo helado con la suspicacia del caso y cernían las aguas con mallas enormes.

La primera batalla de Trenton
El ejército inglés propinó una nueva derrota a los patriotas. El piquete del coronel Wellington capturó a un alto oficial del General Washington que reveló el plan de la inteligencia con lujo de detalle. La estratagema de desinformación, declaró, los había librado de la capitulación. No delató a Sebastián porque no sabía de la existencia de Sebastián, dándole unas horas antes que el coronel Wellington, convirtiendo la negligencia en traición, sentenciara su muerte.

Se les acabó la piola, dijo el coronel Wellington desafiante, dejando entrever que se lo había dicho, que la guerra debió terminar mucho antes, que la guerra pertenecía a los soldados, a hombres de pulso de hierro, no a filósofos borrachos, mequetrefes enamoradizos, maricas huevos de paloma.

La confianza que el general depositó en Sebastián se tornaba como la fiera de un circo contra el domador. Se dirigió a la mansión con el frío de noviembre calcinándole los huesos. A pesar de la apremiante situación, en el curso de la caminata, el coronel Wellington al costado, no dejó pasar la contradicción lingüística del frío ardiente, del hielo que calcina, de un infierno helado, el idioma inglés era demasiado rico en poesía negra. ¡Ah, poesía! Sustancia maravillosa que todo lo desinfectaba. Habría dado la mitad de su imperio ese instante por hundirse de nuca entre los senos de Elizabeth, boca arriba como un glacial entre montañas ardientes, irse derritiendo y penetrarle hasta el último orificio, un ejército líquido que la sitiaba y, entonces, evaporarse en ella como una balada, una de esas baladas de Lady Mary Wortley Montagu que ella le alimentaba con su aliento tibio de frambuesa, tendida sobre él, clavados los senos al pecho, fundidos en el sexo y las miradas. ¡Ah, Elizabeth! Su Elizabeth amándolo con versos declamados sobre mil sollozos.

…Leave you the stupid business of the state, Strive to be happy, and despise the great: Come where the Graces guide the gentle day, Where Venus rules amidst her native sea, Where at her altar gallantries appear, And even Wisdom dares not show severe [1].

[1] Torpes negocios de estado partid ya,/huyendo de la grandeza a la felicidad:/Venid donde las Gracias al día guían,/Y Venus reina majestuosa su mar natal,/Y las galanterías peregrinan a su altar,/Y aun la sabiduría resiste la severidad.

La hora de la verdad
La adrenalina de la doble victoria lo infló de insolencia al coronel Wellington, y de ímpetu heroico. El mismo dirigiría la masacre y cerraría el capítulo de la guerra independentista en Norte América. La gloria lo esperaba en Londres. Caminaba paralelo al general Howe con los ojos puestos en la mansión, con un puñal cruzándole la garganta a Sebastián, con la gloria esperándole al abrir la puerta.

El despacho de Sebastián se acondicionó en un dormitorio de huéspedes en la planta baja a la izquierda del salón principal.

El general Howe consultó con Sebastián la autenticidad de la información que el coronel Wellington sonsacó al oficial de Washington. El coronel Wellington no esperó afuera como le ordenó el general Howe, pero otra vez le faltó autoridad moral al general para castigar la insolencia.

El coronel escupió una pregunta:

¿Es legítima la información?

Sebastián con rostro de hielo asintió:

La emboscada es una farsa para salvarle el pellejo a una tropa mermada. Los insurgentes están a punto de capitular.

Le extendió dos comunicados que acababa de decodificar, no-solo corroborando la información obtenida por el coronel, sino el plan de la retirada, el laberinto de caminos que el cartógrafo ya había traducido a mapas.

Tomado de sorpresa el coronel le arrebató el mapa. Dio media vuelta para marcharse. Al llegar a la puerta se tornó y dijo:

El honor de las deudas está tanto en pagarlas como en cobrarlas.

La emboscada

La información suministrada por Sebastián permitió al destacamento del coronel Wellington perseguir a los patriotas por los campos marañosos de Nueva Jersey. Para cebarlos los patriotas abandonaban armamento y más pertrechos en el camino. Los ingleses asechaban, saboreando el castigo. Pitts, el Severo, bromeó que la anticipación a impartir castigo dio luz a la sabiduría popular que hacía apreciar dar más que recibir. Haciendo rugir los fusiles, pisándoles los talones, los británicos maldecían la ingratitud de los rebeldes hacia la madre patria. Los colonos realistas, los Tories, no pensaban en la ingratitud sino en la locura de los coterráneos. No podían entender la razón de la alteración del orden que los insurrectos buscaban, pues a base de esfuerzo merecieron el privilegio, treparon el escalafón social colonial, eran concejales, jueces, los representantes al congreso y los gobernadores. Tuvieron razón tanto ingleses como insurrectos al rechazar la alianza que proponían las naciones indígenas, indicando que era un conflicto entre hermanos. Pero la guerra como ninguna otra actividad es una cuestión de vida o muerte, de matar o morir, y en tal coyuntura, decía Pitts, el severo, no había hermanad que valiera. Pitts, el Severo, oriundo de Princeton, Nueva Jersey, junto al coronel Wellington, comandaba la persecución. Al frente del ejército patriota iba el Colorado Pitts, su hermano menor. A galope avanzaban las tropas vencedoras en persecución de los vencidos hasta que en un cruce de río el camino llegó a un fin abrupto. Los milicianos guerrilleros habían derribado el puente y ni una embarcación se vislumbraba. Hubo un instante de desconcierto. Ni el coronel Wellington ni Pitts, el Severo, tuvo tiempo de esbozar una estrategia alternativa porque la feroz milicia guerrillera irrumpió de los bosques. Las hojas secas formaban una alfombra de cobre y ribetes rojizos donde la sangre se escondía como un camaleón. Pitts, el Severo, murió peleando. El Colorado Pitts, aficionado al verso, hizo labrar una inscripción en la cruz de la tumba improvisada:

Yace aquí Pitts, el Severo,
Enemigo de la libertad.
Pobre Severo, amigo infeliz,
Si usaste espejuelos,
¿Por qué no viste allende la nariz?

La leyenda del corcovado español

El coronel Wellington salió ileso de la emboscada y juró no morir hasta matar a Sebastián. Un alarde de cretino, pensó Sebastián al enterarse tiempo después. El coronel Wellington sentenció la muerte de Sebastián y el general Howe que hacía la sobremesa con Sebastián en el comedor de la mansión sintió un sopló que le estremeció el alma. Se puso de píe con ambas manos apretadas al pecho.

¿Está bien, general?, preguntó Sebastian.

Me ha dado un soplo extraño en el corazón, dijo el general.

La esclava cocinera que servía el té se entrometió para afirmar que sería el aliento postrero de los enemigos muertos. También el general malinterpretó la corazonada. Hasta le cruzó una nube de nostalgia previendo el retorno triunfal a Inglaterra y estiró la sobremesa como una metáfora de la resistencia de su espíritu enamorado a la inminencia del retorno triunfal del soldado. Sentenció:

La felicidad pende de la elección entre la tradición de honores inmemoriales, el regreso, y el abrazo apasionado de Elizabeth.

La muerte certera asechaba ineludible a Sebastián con cada instante que pasaba. No pudo haber escogido un momento menos oportuno el general para sus explayadas poético-filosóficas. El revolteo del gallinero le indicó a Sebastián que las cinco de la tarde se acercaban con los sobrevivientes de la emboscada con tal precisión que el tremor de la caballería desaforada no se hizo esperar.

El general se asomó a la ventana. Enfocó el largavista de su hermano, el almirante, y divisó en la distancia al coronel Wellington que avanzaba como un centauro desbocado en medio de la polvareda. La guerra ha terminado, se dijo el general y se dispuso a recibir a las tropas vencedoras. Antes de abandonar el comedor señaló:

Temo que su vida esté en peligro, amigo Montero.

Sebastián se quedó en silencio con dos espadas al cuello: la iminencia de su muerte y la traición acabada de cometer a un amigo que las historia convirtió en enemigo.

El coronel Wellington desmontó determinado a ejecutar a Sebastián. Obseso cruzó el jardín sin reparar en nadie, haciendo a un lado al general Howe que lo esperaba en las gradas, empujando a una esclava que salía con su hijo en los brazos. El coronel Wellington irrumpió en la mansión con el brazo extendido y el dedo en el gatillo, pero Sebastián ya había escapado de la mansión vestido de negra, con un negrito de cuatro meses en los brazos.

Enardecido salió el coronel Wellington y altanero increpó:

¿Dónde está el espía español?

El general Howe que ya había comprendió el error de haber cantado victoria antes de hora le devolvió la bofetada:

Lo hice ejecutar, claro. Es el único fin del inepto. Como usted, el conde Montero se dejó embaucar.

Afirma una leyenda, basada en el testimonio de esclavos de la mansión de Nueva Jersey, que Sebastián alertó a los patriotas con hechizos (químicos) que cambiaban el color de las aguas de los ríos a la distancia. A la esclava cocinera, no obstante, nadie pudo convencer que Sebastián, el corcovado español, su señoría, tenía el don del hechizo, y había hecho cómplices a insectos y reptiles. Con sus propios ojos había visto caballitos del aire y moscos dragón perderse en el horizonte con los recados bien doblados en el pico.

Lo cierto es que el ejército del general Washington cobró nueva vida después de la emboscada. Muchos esclavos se unieron a la insurrección. Un cronista dejó constancia de una columna de esclavos de Nueva Jersey que marchaba entonando la siguiente canción:

Era español corcovado, su señoría,
Mucho de magia sabía y mucho de observación.
Dicen que un oficial enemigo de la muerte segura sacó,
Y siendo de doble cara,
A mil patriotas del cañón colorado salvó.
Pero allí no termina esta historia:
Vestido de negra y campante, el corcovado español,
Su señoría, burló a la Armada Real,
Y a lomo de insectos voladores escapó.

Libros recomendados para coleccionistas
Collectables: The Major Battles of the Revolutionary War

Friday, June 22, 2007

El Conde de Montecristo

1
El primer libro que leí de tapa a tapa fue un resumen ilustrado de El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas. Lo gané en un concurso de composición a los siete años. Supongo que lo leí con tal gusto porque después de ganar el concurso me negaron el premio.

Vivíamos en Huigra, un pueblo diminuto y encantador. Huigra deriva del Quechua huagra, toro. La compañía Guayaquil & Quito Railway, constructora del ferrocarril del Ecuador, dirigida por el ingeniero Archer Harman, decidió establecer en Huigra la gerencia de la empresa ferroviaria que finalmente en 1907 culminó la monumental empresa de unir la costa y la sierra andina. Medio siglo antes habían abandonado los franceses la obra aludiendo que más fácil sería hacer volar a un burro que doblegar la barrera de los Andes.

Dos calles cruzaban Huigra: la Calle del Tren, paralela al Río Chanchán, y al otro lado del río se abría la otra calle, llamada, naturalmente, El Otro Lado. Huigra es un valle con media kilómetro de ancho por dos de largo. En Huigra empieza un callejón ascendente hacia la imperiosa muralla rocosa de los Andes donde un pico enorme en forma de nariz se levanta como centinela infernal. Los constructores pronto tildaron al pico rocoso Nariz del Diablo.

Había tres escuelas, dos fiscales, la escuela de barones y la de niñas, y el colegio mixto del Padre Paredes. El concurso de composición lo organizó el Padre Paredes con motivo de la semana del Escolar Ecuatoriano.

2
A cuarenta años de distancia, y con nostalgia, recuerdo Huigra como el escenario de una película del Oeste con comedores, tiendas, cantinas, la iglesia en lo alto de la colina, un hotel administrado por la viuda del propietario inglés que le dio el nombre, Hotel Morley, y al norte, a un cuarto de kilometro, la ciudadela ferroviaria con una enorme casona donde funcionaba la gerencia.

Mi padre era Secretario Divisional del ferrocarril. Uno de los privilegios del cargo era residir en la vieja casona color verde perico y amarillo canario. No era privilegio cualquiera. Era vivir en una cápsula fuera de la geografía del Ecuador, mucho más cerca a la zona del Canal de Panamá, a su vez levantada en imagen y semejanza del Sur de los Estados Unidos. Teníamos teléfono, por ejemplo, en una época que la mayoría de los ecuatorianos no había visto un teléfono ni anticipaba usarlo jamás. Teníamos hospital privado, carpintería, herrería, bodegas llenas de dinamita, un gallinero bien surtido, árboles de aguacate y chirimoya, un jardín lleno de nardos, y muchachas y muchachos de servicio, y el guardián o wachimán.

El río, a la altura de la gerencia, tenía un recodo de agua dormida donde nadábamos o pasábamos la tarde sentados en las enromes rocas que con precisión fotográfica describió García Marques como huevos de aves prehistóricas. No había carretera a Huigra, pero nosotros teníamos estacionado a un costado de la casona un carro de mano, un automóvil de riel conchuevino.

Durante las primeras décadas del siglo veinte, la ciudadela ferroviaria fue una pequeña colonia americana. Entonces se transfirió la administración de la empresa al estado. La elección de Huigra para sede del ferrocarril obedeció a tres razones, según puño y letra de Archer Hartman: (1) Se encontraba justo a mitad de camino entre Guayaquil y Riobamba, el tramo comercial principal. En efecto dos trenes de pasajeros salían a las seis de la mañana de Riobamba y de Guayaquil y coincidían en Huigra para el almuerzo. Arroz con huevo frito y algún guisado de carne era el plato típico, acompañado de una gaseosa helada. Los vendedores pregonaban a pulmón suelto. Los pasajeros de primera comían en bajilla de hierro enlozado con cubiertos, los de segunda y tercera en hojas de col y con la mano. (2) Huigra era una eterna primavera. (3) Archer Hartman quería estar lo más lejos posible de la politiquería capitalina que a punto estuvo de truncar la empresa.

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La primavera eterna incidió en que el padre Paredes, un cura independiente, instalara un internado a donde iban a parar los muchachos de la clase media alta de Guayaquil que habían sido expulsados de colegios prestigiosos. Debió tener un nombre oficial el colegio, pero se lo conocía como el Colegio del Padre Paredes.

Huigra también atraía personajes famosos de Guayaquil durante el invierno. En Guayaquil, el puerto principal y centro financiero del país, y en esa época la capital mundial del banano, el calor y los zancudos se confabulan para martirizar a la población. Entre diciembre y abril las familias pudientes escapaban. No pocas familias invernaban en Huigra.

Aprovechó el Padre Paredes que un destacado intelectual guayaquileño vacacionaba en Huigra para convocar el concurso de composición y comprometerlo a ser juez. Como era la semana del Escolar Ecuatoriano, el concurso fue para estudiantes de cuarto, quinto y sexto grado. La idea del padre Paredes era incentivar a los estudiantes de su colegio a la escritura. El intelectual puso una condición antes de aceptar ser el juez: que también se invitara a participar a los estudiantes de la escuela fiscal.

Yo cursaba el tercer grado en la escuela fiscal. Escribí una composición sobre los curas y los gallinazos basado en mi observación de niño y las enseñanzas de un profesor comunista. Había dos curas en Huigra, el párroco, el cura oficial, y el padre Paredes, el cura independiente. Los dos andaban con sotana negra y a veces con ese peculiar sombrero de ala ancha y copa pequeña. Y había gallinazos en abundancia. Gallinazos negros con el pescuezo pelado y un copete que se parecía al copete de los curas. Eran los años sesenta y todos los hombres usaban copete. Mi profesor era comunista. Había sido estudiante de la Universidad Central de Quito, una universidad sumamente politizada. La familia lo había mandado de Riobamba a estudiar leyes, pero al cabo de dos años se acabó la plata y al futuro abogado no le quedó más que conseguir trabajo en el magisterio. Llegó a Huigra con ínfulas comunistas y su copete, porque también los comunistas usaban copete.

En la escuela fiscal un profesor enseñaba todas las asignaturas del grado, y nuestro profesor algunos días sólo hablaba de los grandes pecados de la iglesia. A él le escuché hacer la analogía entre gallinazos y curas, ambos aves de rapiña decía. En realidad, ahora sé que estuvo equivocado, los gallinazos son aves de carroña más que de rapiña. Por una semana me dediqué a observar las similitudes entre los gallinazos y los dos curas de Huigra. Plasmé mis observaciones en una composición que el intelectual guayaquileño seleccionó ganadora. Entre otras cosas, dijo al explicar su decisión, mi composición era la más corta.

Surgió una controversia. El concurso se convocó para estudiantes de cuarto, quinto y sexto grados. Los estudiantes perdedores esgrimieron en su defensa la ilegitimidad de mi participación pues yo estaba en tercer grado. Los profesores del quinto y sexto grado del colegio del padre Paredes me descalificaron y otorgaron el premio a uno de sus estudiantes sobresalientes. La composición ganadora era una elegía a la disciplina en rima que si mal no recuerdo comenzaba con las siguientes líneas: La disciplina es una mina cuya riqueza al niño empina. Mientras la mía comenzaba así: El cura y el gallinazo, pálidos seres ojerosos, de negro van y vienen en busca de alguna rata muerta o limosna.

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El intelectual tomaba cerveza todas las noches en un salón que tenía una potente rocola. Comenzaba a beber con Bésame Mucho de Lucho Gatica. Es lo que decían en casa cuando a eso de las siete los acordes del bolero volaban por el pueblo: Ay, ya habrá comenzado el intelectual a beber solo. En casa yo crecía rodeado de mujeres: la abuelita, mamá, la tía Raquel, tres hermanas, casi siempre una o dos primas y alguna comadre de paso, las vecinas y las muchachas. Qué hombre tan raro, decían las mujeres de la casa, como si le costaran las palabras, hay que sacárselas con tirabuzón. La abuelita, que ya no oía nada pero habiendo aprendido a leer los labios metía su cuchara en todas las conversaciones, razonó que a lo mejor el intelectual era medio mudo, y advirtió que se anduvieran con cuidado pues había dos tipos de mudo, el mudo que por voluntad de Dios no hablaba, y el que se hacía el mudo, el mudo sabido.

Me puse un gorro y baje al pueblo a ver al intelectual. En efecto, estaba en una mesa tomando cerveza sólo. Vestía camisa blanca y pantalones oscuros, y a través de gruesos lentes, los que se llamaban de culo de botella, tenía extraviaba la vista en el horizonte oscuro. Como yo era niño pensaba que a lo mejor los intelectuales podían ver a través de la oscuridad. Le escuché a mi profesor decir: Hay hombres que miran a través de las sombras, hombres que por sabios se los cree locos. Las mujeres de la casa así pensaban del intelectual. Ese hombre bebe solo, decían, sin entender como prefería el silencio a su locuaz compañía.
Buenas noches, lo saludé.
Cuidado, me advirtió el propietario del salón, a un intelectual no hay que molestarle cuado piensa.
No era mi intención molestarle sino denunciar una injusticia.
Me presenté. Le expliqué que me había negado el premio por estar en el tercer grado.
El intelectual soltó una enorme carcajada. Recuerdo claramente su voz gruesa:
Te han negado el premio por ser demasiado joven.
No dijo más. Yo interpreté su silencio como una manera de despedirme. Regresé a casa derrotado.

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La entrega del premio fue el domingo después de la misa que el padre Paredes pronunciaba ataviado elegantemente. Me parece que el padre Paredes en ciertas ocasiones vestía de cardenal (no sé si inventé este recuerdo.) Lo cierto es que después de cada misa el padre Paredes manifestaba su afecto a las feligreses con efusivos abrazos. Me cuenta mi madre que disimuladamente manoseaba a las señoritas y a las madres jóvenes con sus manos escurridizas. El cura era un Tenorio pero nunca abusó a menores. Su mujer oficial, se rumoraba, era la señorita rectora del colegio.

Inmediatamente después de la Bendición, el padre Paredes pidió a los feligreses que permanecieran sentados. Y prosiguió así: Y ahora nos es grato presentarles al distinguido intelectual que nos honra con su presencia para entregar el premio a la mejor composición en esta la semana del Escolar Ecuatoriano. El premio lo levantó para que todos lo vieran. Se trata nada menos y nada más que de una preciosa novela ilustrada del gran escritor francés Alejandro Dumas para inspirar en la muchachada el amor por las letras y el buen hábito de la lectura. El Padre Paredes también elogió la labor del profesor de sexto grado. Qué no hay alumno sin su profesor, dijo.

El intelectual no había asistido a la misa. Entró a la capilla justo ese momento y se dirigió al altar. Yo asistía con indignación la ceremonia. Más indignación me provocaba el intelectual que los mismos profesores de quinto y sexto que me descalificaron. Cada cual cuidaba su gallinero, decía la abuelita. ¿Pero él, no debió él haberme defendido?
El intelectual tomó la palabra. Dijo que sentía vergüenza ajena (desde entonces llevo esa expresión como un florero en un rincón de mi cerebro.) ¿Descalificar a un niño por ser menor a los otros concursantes? Era un síntoma de la enfermedad, dijo, que cada día hundía más al país en la mierda.

Un suspiro ahogado recorrió la capilla. Jamás nadie había dicho mierda desde el pulpito.

El intelectual pidió que se pusiera de píe el autor de la composición Los curas y los gallinazos. Me puse de píe. No será El Conde de Montecristo, dijo al verme, pero es mi último libro de cuentos y te lo regalo.

El Padre Paredes se interpuso. Dijo que nunca era tarde para reparar un daño, y con puñales en los ojos le quitó la novela ilustrada de Dumas al profesor de sexto grado y me la entregó después de un fuerte apretón de manos, añadiendo: Al Cesar lo que es del Cesar y al Escolar Ecuatoriano lo que es del Escolar Ecuatoriano.

Yo tenía siete años. Mucho después, ya cuando emigré a Estados Unidos, le encontré al padre Paredes caminando de la mano con la señorita rectora en Nueva York. Solté un grito de emoción: ¡Padre Paredes! Tremenda fue su sorpresa. Estaba en viaje de compras, dijo, y al caer en cuenta que aun tenía en su mano la mano de la señorita rectora se sonrojó. Una precaución, dijo, no fuera a ser que se perdieran en un país extranjero.