Saturday, June 16, 2007

Father's Boleros

Father was dying with his eyes open. On the background a Bebo Valdez's bolero rose with my sister’s voice talking on her cell to some surgical provider—her denial of the inevitable: if a delivery is pending death will wait. We were all there. We all had come to celebrate Mother’s Day, and father in the bedroom upstairs, in his hospital bed, was dying with one regret. He had trouble speaking, but he wanted to say he lamented not getting flowers for mother, his wife of 60 years.

Sixty-one, mother corrected him, kissing him in the lips, as if time had not claimed their youth, as if time had not consumed their passion.

No, said father in his fading voice. I love her as I did at twenty-one.

Seeing them kiss I thought about the lyrics of an old bolero he taught me how to dance. I can hear his voice explaining how to arch my right hand in that juncture between my partner’s waist and buttocks, that intersection from where the avenue to all possibilities opens. I was thirteen and my partner fifteen. You have to make her feel wanted, father continued. Pull her against you, but not too hard as to appear vulgar, or miss the step and pass for a moron. The move was called semicolon (three steps forward, a pause and turn). More than a thousand years will pass, many more, went the lyrics, I don’t know if eternity has love, but there just as here, in your mouth you’ll carry a taste of me.

Father loved his boleros, he listened to them, played them and danced. Bolero—a Spanish stage dance fussed to Afro-Cuban cadence—derives from volar, Spanish for flying. Father seduced my mother playing boleros in the harmonica. He learned to play the harmonica from an American engineer who came to Ecuador to build the Pan-American Highway. My father’s first job was in the payroll office with the American construction company. He seduced my mother playing bolero blues, the American salary and doing daredevil pirouettes in his bicycle. He was a consummate biker. He rode his bike until cancer paralyzed his legs six months before he died. Cancer reduced him to his boleros and the indefatigable love that made him lament not getting up to get his lover flowers, his last lament.

We took turns keeping him company. What did I think, asked my younger sister, coming up to relieve me. There are four of us (middle-age) kids. Doesn’t look good, I said. She was crying. Her tears, I couldn’t help noticing, unlike my older sister’s—disciplined pouring out the outer vertex of her eyes—did jump in all directions. I couldn’t help noticing all the girls had inherited father’s gorgeous eyes.

I left them alone. I refreshed my drink and sat on the steps outside gazing at the tulips in the front garden. The family was gathered at the back porch. It was a beautiful afternoon. My six-year-old niece was kicking a soccer ball. My twelve-year old nephew was playing on his handheld Nintendo. I called my sons. One was kickboxing at the gym. Leave a message, said the answering machine in his deep voice, my father’s voice. The other, his voice is not deep, but having inherited his grandfather’s spirit, was playing music out in some corner of his campus. Then mother called us all to the living room. God, I jumped. The imminence of death makes you think of God, and little pains intensify, bring you back to the ground—a recondite meaning of humiliation, a word closely related to human. No, Dad had not died yet. I gulped half a glass. Mother wanted to make an announcement.

Not me, she said, Joe has one.

Joe is my older nephew. He and his wife had been trying to have a baby for sometime.
And, he said, we are going to have a baby.

All the women in the family cried. Seeing all the women in the family crying I realized no person cries the same. Group crying is like a symphony. I left the women crying and ran up to the hospital bed where Dad was waiting for Mother’s Day to end so he could retire, for he, of course, was not going to spoil his lover’s day.

Dad, I said, can you hear me?
He opened his yes.
I said Joe was going to be a father. He was going to have his first great grand child.
His eyes got misty.
Do you understand what I said?
With great effort he whispered that life was a cycle, and pointed with his laurel-green eyes the small boom box at his night table. Bebo’s record had finished. Did he want to hear Andrea Bocelli’s boleros? He smiled. He closed his eyes and flew away. He died in his sleep some hours later. He died like he lived, with dignity. This is our first Father’s Day without him.

Friday, June 15, 2007

Los boleros de papá [Crónica. Español.]

Papá moría con los ojos abiertos. En el fondo un bolero de Bebo Valdez se levantaba junto a la voz de mi hermana hablándole por el celular a un proveedor de implementos médicos—su defensa contra lo inevitable: si una entrega está pendiente la muerte esperará. Todos estábamos presentes. Todos habíamos venido a celebrar el Día de la Madre, y papá en el dormitorio del segundo piso, en su cama de hospital, se moría con una preocupación. Ya no podía hablar con soltura, pero quiso decir que lamentaba no haber podido levantarse a comprarle flores a mamá, su esposa de 60 años.

Sesenta y uno, le corrigió mamá, besándole en la boca, como si el tiempo no se hubiera cobrado sus juventudes, como si el tiempo no hubiera consumido la pasión.

No, dijo papá con voz tenue. La amo igual que a lo veintiuno.

Viéndoles besarse pensé en la letra de un viejo bolero que papá me enseñó a bailar. Puedo escuchar su voz explicándome como arquear la mano por la coyuntura entre la cintura y las nalgas de mi pareja, esa intersección desde donde se abre una avenida a todas las posibilidades. Yo tenía trece años y mi pareja quince. Tienes que hacerle sentir deseada, continuó papá, apretarla pero no mucho para no parecer vulgar o perder el paso y parecer idiota. Punto y coma era el movimiento de uno o dos pasos adelante, pausa y vuelta a la derecha. Pasarán más de mil años, muchos más, yo no sé si tenga amor la eternidad, decía la letra, pero allá tal como aquí, en la boca llevarás, sabor a mí.

A papá le encantaban sus boleros, los escuchaba, los tocaba y bailaba. Bolero—esa danza escénica española fundida a la cadencia Afro-Cubana—deriva de volar. Papá sedujo a mamá tocándole boleros en la harmónica. Aprendido a tocar la harmónica de un ingeniero americano que llegó a Ecuador a construir la carretera Panamericana. El primer trabajo de papá fue de pagador de la compañía constructora. Sedujo a Mamá tocándole boleros con una pizca de blues, el sueldo americano y haciendo piruetas suicidas en la bicicleta. Papá era un ciclista consumado. Montó su bicicleta roja hasta que el cáncer le paralizó las piernas seis meses antes de morir. El cáncer lo redujo a sus boleros y el infatigable amor que le hizo lamentar no haber podido levantarse a comprarle flores a su mujer, su último lamento.

Nos turnábamos para acompañarlo en el segundo piso. Qué pensaba yo, me preguntó la menor de mis hermanas, subiendo a sustituirme. Somos cuatro hermanos. No lo veo bien, le dije. Ella lloraba. Sus lágrimas, contrario a las de mi hermana mayor que disciplinadas se vertían por los vértices de sus ojos, se desbordaban en toda dirección y eclipsaron sus ojos bellos. Las tres hijas le heredaron los ojos a papá.

Los dejé solos. Me serví otro trago, y me senté en las gradas contemplando el jardín de al frente de la casa. La familia estaba reunida en el porche trasero. Hacía una tarde linda. Mi sobrina de seis años pateaba una pelota y mi sobrino de doce jugaba en su computadora de mano. Llamé a mis hijos. Uno estaba en el gimnasio de la universidad boxeando. La misma voz gruesa de papá pedía que dejaran un mensaje en el contestador. El otro no tiene voz gruesa, pero habiéndole heredado el espíritu al abuelo estaba haciendo música en algún recodo de Nueva York. Entonces mamá nos llamó a todos a la sala. Dios Santo, salté. La inminencia de la muerte le hace a uno pensar en Dios, y dolores insignificantes se intensifican, le bajan a uno a la tierra, que es el significado profundo de humillación, una palabra íntimamente emparentada a humano. No, papá no había muerto aun. Me bebí de un sorbo medio trago. Mamá quería anunciar algo.

No yo, dijo, sino Joe.

Joe es mi sobrino mayor. Su esposa y él habían querido tener familia por varios años pero no se les daba.
Y, dijo Joe, vamos a tener un bebé.

Todas las mujeres en la casa se soltaron en lágrimas. Viendo a todas las mujeres de la casa llorar me di cuenta que ninguna persona llora igual. El llanto de grupo es como una sinfonía. Dejé a las mujeres de la familia llorando y subí corriendo a la cama del hospital donde papá esperaba que terminara el Día de las Madres para retirarse, porque, claro, no iba él a aguarle la fiesta a su mujer.

¿Papá, le pregunté, me puedes oír?
Abrió los ojos.
Le dije que Joe iba a tener un hijo, que iba a ser por primera vez bisabuelo.
Los ojos se le humedecieron.
¿Entiendes lo que te acabo de decir?
Con un enorme esfuerzo musitó que la vida era un ciclo, y con sus ojos verde-laurel me señaló el pequeño aparato de música en su mesita de noche. El disco de Bebo se había terminado.
¿Quieres escuchar los boleros de Andrea Bocelli? Sonrió. Cerró los ojos y voló. Murió mientras dormía horas después. Murió como vivió, con dignidad. Este es nuestro primer Día del Padre sin él.

Catastrófico fue el siglo catorce [Historia.Español]

Cambios climatológicos dañaron las cosechas al punto de hundir al continente en la hambruna. Moría de hambre la gente en las calles y las plazas, dice un cronista de París, la mayoría presa de enfermedades propiciadas por la malnutrición como la tifoidea, la bronquitis y la tuberculosis. Deja constancia un informe Real de Castilla: E este año fue en toda la tierra muy grand fambre; e los omes moríense por las plazas e por las calles de fambre... e tan grande era la fambre, que comían los omes pan de grama, e nunca en tiempo del mundo vio ombre tan gran fambre.

La gran hambruna
Tuvo lugar entre los años 1315 y 1317. Un enfriamiento prematuro ocasionó lluvias interminables el verano de 1315, pudriendo los sembríos. El próximo año fue aun peor. Se destruyeron las cosechas en todo el continente, desde la zona mediterránea hasta las llanuras de Rusia, especialmente afectada fue la región central, Francia, Alemania, Holanda, Bélgica e Inglaterra. Según los archivos del Obispado de Winchester, en Inglaterra la producción agrícola se redujo dos tercios. La catástrofe obligó al consumo de las semillas destinadas para los sombríos de las próximas temporadas, dilatando más la crisis. El economista político británico Tomas Malthus (1776-1834) explica en un incisivo tratado, Un ensayo sobre la población: dado que la producción agrícola crece matemáticamente (2, 4, 6, 8, 10) y la población lo hace de manera geométrica (2, 4, 8, 16, 32), en un punto determinado una región, incluso el mundo, no se dará abasto. Desde el año 700 hasta 1300 la población de Europa occidental había crecido de manera constante y aunque hubo periodos aislados de escasez, la producción satisfizo la demanda. A principios del siglo 14 ni bajo condiciones óptimas de producción habría sido posible abastecerla la población y coincidieron las alteraciones climatológicas. Se produjo una gran mortandad. Los cronistas indican que los padres abandonaban a sus hijos tiernos y los viejos voluntariamente cedían su ración de comida a los jóvenes que podían trabajar, incluso se hace mención de brotes de canibalismo.

Los pobres y los comerciantes
Como es de suponer, el sector más afectado fue el más pobre. Los campos perdieron mano de obra. Los trabajadores que sobrevivieron la hambruna se encontraron en una posición hasta entonces desconocida. La nobleza terrateniente se disputaba su fuerza laboral, lo que les dio la libertad de movilizarse en busca de una mejor remuneración. Otro grupo que surgió de la gran hambruna con una actitud de autoestima mucho más elevado fueron los comerciantes. Se supieron parte determinante de la sociedad. Las grandes familias mercantiles de los estados autónomos de Italia, Venecia, Florencia y, sobre todo, Génova, inician una nueva etapa de exploración y expansión. La lección que dejó la Gran Hambruna era clara: las instituciones tradicionales, los dueños de los medios de producción, y en menor grado la iglesia, no pudieron afrontar la crisis. El futuro de la seguridad europea pasaría desde entonces por el comercio internacional. Ilustra las actitudes populares de la época la leyenda del obispo-príncipe que uso sus caudales para comprar toda la comida disponible de la comarca y expulso de su castillo-fortaleza a todos los súbditos, condenándolos a la muerte de hambre, como en efecto sucedió. No pasó mucho tiempo hasta que comenzó a escuchar un ruido cada vez mayor en las puertas de acceso al castillo-fortaleza. El Obispo Príncipe se asomó a una de las ventanas y con horror comprobó que todas las ratas de la comarca, muertas de hambre, atraídas por el olor de la comida, atacaban el castillo.

La rata negra
Sería la rata negra, la que hoy se llama rata de cloaca, el agente de una catástrofe de proporciones aun mayores para Europa. Con la rata negra y sus pulgas parásitos llegó en 1347 al mediterráneo la Peste Bubónica, o Muerte Negra en alusión a los bubones, hinchazón en latín, oscuros del tamaño de un huevo que les brotaba a los apestados en las axilas y las ingles y las manchas y ampollas que se esparcían por todo el cuerpo con fétidas secreciones de sangre y pus. La peste llegó a Italia a bordo de los galeones comerciales genoveses procedentes de Oriente. En siete días falleció la mitad de la población de Venecia. La peste entró a España en 1348 por Valencia, se propagó a Cataluña y devastó Aragón, cobrándose más de la mitad de la población. De Aragón pasó a Castilla y descendió sobre Andalucía. La peste ganaba cada día mayor virulencia con mutaciones, y condiciones que fueron aliadas naturales para la propagación: los precarios hábitos de higiene, la falta de alcantarillado, la acumulación de basura, la carencia de vidrio para las ventanas. Como la madera pronto escaseó para la construcción de ataúdes, por ejemplo, las familias tiraban a los muertos e las ventanas o los enterraban a los arrastraba para dejarlos petrificar a la orilla de los ríos y los lagos. Y la medicina apenas superaba la superstición. Los médicos tras concienzuda deliberación concluyeron que la transmisión de la peste tenía lugar por medio de la fetidez, recomendando que se quemaran hogueras de plantas aromáticas. Rumbo a la muerte iba la gente con ramilletes de jazmines pegados a la nariz, repitiendo Qué Dios le Bendiga, cada vez que alguien tosía, la medida preventiva impuesta por la Iglesia.

Bárbara Tuckman en su libro Un Espejo lejano, Siglo XV, época de calamidades, observa que la plaga se presentaba de dos maneras:

Una infectaba la corriente sanguínea, causaba los bubones y la sangría interna, y se extendía por contacto; y otra, más virulenta, de género neumónico, que inficionaba los pulmones y contagiaba al respirar. La presencia de ambas causaba la alta mortalidad y la velocidad de propagación. Tan letal era la dolencia que hubo personas que se acostaban sanas y murieron antes de despertar, y médicos que la atraparon junto al lecho del paciente y perdieron la vida antes que él. El contagio era tan fulminante, que según el facultativo francés Simón de Corvino, parecía como si un solo enfermo “pudiera infectar al mundo entero.” La malignidad de la pestilencia resultaba tanto más terrible cuanto que los apestados no conocían medio alguno para prevenirla o remediarla.

La ira divina
La única explicación que el pueblo entendió fue la ira divina, consecuentemente para aplacarla se elevaron plegarias día noche. Surgieron los flagelantes, penitentes que peregrinaban por los caminos del continente flagelándose con látigos de cuero y puntas de hierro, pidiendo perdón por los pecados de la humanidad. Pero el concepto pecado humano era demasiado abstracto. Había que encontrar un pecador de carne y hueso, al culpable a quien señalar con el dedo. Los leprosos fueron un blanco fácil. Alegando que el exterior es fiel representación del ser interior, que la piel lacerada del leproso reflejaba la pestilencia de su alma, a pedradas los redujeron a una existencia remota. Pero la peste, no cedía. La población europea a principios del siglo 14 descendió de 90 millones a menos de 70 millones a principios del siglo 15. Los cinco millones de habitantes de España se redujeron a cuatro millones. En ciertos lugares, en particular en los centros urbanos más de un terció de sus vecinos perecieron.

La gente puso en tela de juicio las instituciones y el sistema de valores que regían la sociedad. La iglesia perdió un alto número de curas y frailes y, más preocupante, perdió el respeto de antaño. La gente se rebeló contra un Dios cruel, y contra la falta de incapacidad que había mostrado la iglesia para interceder y sus plegarias que ningún resultado dieron. Comenzó una ola de desafío que bien sintetiza la frase: ¡A fornicar, a fornicar que el mundo se va a acabar! Asimismo las relaciones entre la nobleza y el sector llano de la sociedad se resquebrajaron. Los trabajadores de los latifundios ganaron aun más poder que después de la Gran Hambruna. Los salarios se dispararon por la competición entre los latifundistas por la mano de obra, a tal punto que se levantó una neblina en la que ya no era tan fácil distinguir las jerarquías. Con menos bocas que alimentar y más ingresos la clase trabajadora comienza a participar en la economía que, por su parte, daba cada vez más protagonismo al sector comercial. Europa salió de la calamidad mejor armada para hacer la transición hacia la modernidad.

Los judios
Pero las viejas instituciones rara vez rinden el poder sin dar pelea. El dedo acusador de algunos miembros de la iglesia apuntó a los judíos, ricos mercaderes, profesionales, y burócratas. No habrá sido difícil acicatear el odio del pueblo pintando al judío de demonio. Eran los colectores de impuestos y los prestamistas, odiados por ambas funciones en una época de carencias. Frailes dominicos fanáticos sacaron a relucir una oratoria viperina. Acusaron a los judíos de instar la ira divina con las herejías de su fe fratricida, ¿no habían sido ellos los asesinos de Jesús? Y ahora se ensañaban con el pueblo que les dio refugio, envenenaban las fuentes de agua, haciéndolos focos de infección. Y la nobleza que no podía o quería pagar las deudas se plegó a la campaña de difamación, responsabilizando a los judíos de atentar contra la estabilidad económica con patrimañas usureras. Los frailes dominicos preguntaron desde el púlpito: ¿A cuántos nobles cristianos no arruinó esta raza maldita para apropiarse de sus tierras? La violencia no se hizo esperar. Así como quemaron vivos en Alemania y Francia a miles de judíos, acusándolos de propiciar la peste, en España masacraron a comunidades, incendiaron sus barrios, destruyeron las sinagogas y se apropiaron de sus negocios. El rey tomó cartas en el asunto. Se decretó que los judíos o se convertían al cristianismo o se los expulsaría. Algunos emigraron a Portugal, a Turquía, a Holanda y a países de África del norte. La gran mayoría permaneció en lo que era su patria desde el siglo 2. Convertidos al cristianismo por conveniencia de a poco recuperaron las profesiones y ocupaciones de sus abuelos, volvieron a ser los abogados, los médicos y los banqueros. Un número importante de judíos ingresó a los monasterios, dedicándose a la vida intelectual. Surgen figuras de relieve como Elio Antonio Nebrija, el lingüista de Salamanca, que sistematizó y codificó el castellano en su Gramática a la lengua Castellana, la primera gramática de un idioma moderno, y le presentó a la Reina Católica Isabel como un instrumento fundamental del imperio.

Hacia la modernidad
Castilla se insertaba a una economía internacional dinámica que giraba en torno a las rutas marinas y tenía de protagonista a los genoveses. Castilla era el reino ibérico más poderoso militarmente y el de mayor extensión, mientras que Portugal y Aragón despuntaban en el comercio internacional y la navegación. Los aragoneses, incluyendo Cataluña y Valencia, se habían lanzado a la conquista del Mediterráneo, incorporando a su reino las Islas Baleares y Siscilia, y Portugal de a poco imponía su poderío naval en las costas de África, ricas en minas y fuente inagotable de esclavos. El reino Nazarí de Granada buscó la supervivencia por medio de un pacto de vasallaje con Castilla y, más importante, por medio de sus vínculos comerciales con poderosas familias italianas. Granada exportaba seda y azúcar. Los intereses económicos pueden más que las armadas. Castilla se encajaba a este circuito marítimo-económico con su metrópoli Sevilla de capital en el sur y el corredor Burgos-Bilbao en el norte. El término España para designar al territorio ibérico como una unidad política se utilizaba solo en el exterior, dentro de la Península la gente era empedernida y antagónicamente localista, se era castellano, aragonés, asturiano, portugués, leonés, catalán, gallego o navarro.

Wednesday, June 13, 2007

Asistió Ludovico a su primer día de clase [Español. Meditación]

[Summary: Cultural differences revolving around Ludovico’s relationship with his penis.]

Le preguntó el profesor:
¿Sabe usted el abecedario?
Ludovico pensaba en su barca perdida y no escuchó la pregunta.
¿Qué? ¿No sabe hablar?
Ludovico lo miró con desdén y permaneció en silencio.
¿Le pregunté si sabe o no sabe el abecedario?
Ludovico se obstinó en el silencio.

Ludovico sintió una enorme nostalgia. La ansiedad de aquella primera mañana cuando su madre le encomendó a los padres Jesuitas para que le cultivaran el genio. No podía creer que su madre lo abandonaría a los padres jesuitas. Cerraron el enorme portón del colegio y su madre se quedaba atrás diciéndole que ellos lo educarían para obispo o presidente.

Ludovico se había levantado a la media noche a orinar.
Para que veas, le dijo Ludovico al pene, sacudiéndolo, rara vez se dan las cosas como los curas quieren.

Ludovico le hablaba al pene en castellano de tú y de usted. No se le habría ocurrido hablarle en inglés sin sentirse loco. En castellano era como hablar consigo mismo, con el ser fundamental, el centro eterno que guarda cierta gente. No todos lo tenían, al menos no toda la vida. El concepto era una contradicción con los estadounidenses, tanto nativos como inmigrantes, con la constante reubicación y sed de reinvención.

Ludovico regresó a la cama. Aria despertó. Ludovico estuvo a punto de confesarle que el pene para él era el centro perdurable y que sin sus charlas sería un loco más. No lo hizo porque Aria lo interrumpió para contarle que soñaba con él. Lo había visto hablándole al pene. Se soltaron los dos en carcajadas.

Monday, June 11, 2007

Theft

[Report. English. Resumen: El robo de la mierda pone de manifiesto que cada cosa significa algo distinto para cada quien y entramos en una era de incomunicacion.]

Language diversity is making communications more difficult. I asked six people what they understood by they stole my shit.

Respondent 1, a high school junior in Connecticut, said he understood as someone stealing his pot.

Respondent 2, a manager at the Espresso Express kiosk, said he had developed a system to diffuse morning congestion. He stood on a chair calling out the beverages for the coffee makers (all Hispanic) in Spanish while another worked the line collecting the money. The system was way too Third World, said the owner. The manager, a man from New Delhi, resented the categorization. Two thirds of the doctorate candidates in astrophysics at MIT were Indian, he exploded against the owner, adding: You mother fucker, who are you calling Third World? Do I look Mexican? He was fired. A few weeks thereafter he went by kiosk. And what do you know, he told me, the mother fucker stole my shit. He kept my system with only one variant: he had a redhead in a mini skirt up on the chair calling out the drinks!

Respondent number 3, a woman out from divorce court, said that she married happy, full of life, I exuded joy, and he (her ex husband) stole my shit, which was priceless. She was suing him for one million dollars.

I rephrased the question for the remaining three respondents: What did they understand by my shit was stolen?

Respondent 4, a priest, the principal at Saint Alban’s School in Virginia, said that a midterm test was stolen and that he was about to teach the entire class a lesson, but he had not decided whether it would be on ethics, thou shall not steal, or forgiveness, to err is human.

Respondent number 5, a football player with Washington’s Saint Alban’s school (the famous one), irate about the Virginia school usurping the venerable name, said: Them fucks stole our name, they stole our shit!

And finally respondent 6, a psychotherapist in Miami, I interviewed over the phone, went straight to the point: My shit was stolen," he said, the day I was born, my optimum state.

Not one respondent considered that they stole my shit or my shit was stolen referred to the unauthorized removal of excrement. While it might strike some people as bizarre, stealing shit happens all the time, said Detective Smith in Manhattan. Athletes steal excrement quite often. In fact, at insurance school underwriters can specialize in ST (shit theft).